domingo, 3 de junio de 2012

Periodismo político




La presencia de la prensa como principal opositor al gobierno argentino es ya un dato ineludible de la realidad.

A los sectores del poder económico concentrado que no tienen votos les molesta la democracia. Prefieren otros sistemas donde no haga falta consultar con la gente ni andar escuchando a presidentes o parlamentarios opinar o decidir sobre la economía y la distribución de la renta.

A estos señores siempre les ha ido bien. Desde que Argentina es un país agro exportador de granos y carne y nada más.

Desde que todo otro sector de la economía, como la industria, la minería o el turismo, es marginal o solamente complementario al agro. Desde entonces siempre anduvieron bien. Con economía dolarizada o no, con inflación poca o mucha, en fin, siempre bien.

Se ponen como locos cuando quienes con la fuerza del consenso social, en democracia, con voto popular, les cuestionan el modelo que desde fines del siglo 19 les viene dando tantas satisfacciones plasmadas en cada vez más poder económico y social concentrado.
En esa locura buscan frenar como sea esa avanzada cuestionadora. A veces llaman a sus adláteres de la política para que vociferen, a veces convocan a las fuerzas armadas y cuando no funcionan esas tácticas apelan, en este nuevo siglo, a un nuevo factor de poder: los medios de comunicación.

Es ahí cuando las tapas de los diarios reemplazan los afiches callejeros y las pintadas.
Cuando los informes noticieros valen más que cien películas.

Cuando un vocero radial enarbola proclamas más poderosas y extensas que cualquier comunicado castrense.

Fijense si no, como en la película "El discurso del rey" el mismísimo monarca debe superar sus dificultades del habla para comunicar al pueblo que Inglaterra va a la guerra. Debe hacerlo él en persona. No se admite otra fuente para tamaño mensaje. El poder real debía hacerse cargo, dar la cara y comunicar una decisión que pronto, ya en boca de su primer ministro, traería "sangre, sudor y lágrimas".

Los tiempos han cambiado. Hoy, en Argentina, para eso hay periodistas y medios de prensa con suficiente cobertura para hacerlo. Deben comunicar "sus verdades" que no son otra cosa que el relato en defensa de sus intereses, o lo que es mejor decir, en ofensiva por sus intereses.

Allí dirán "que este gobierno no da para más. Que la inflación corroe, que la corrupción es inocultable, que la viuda, que los piquetes, etcétera”

El mensaje es la bala o misil y el medio es el fusil o el submarino.

El papel auto impuesto por los protagonistas, en este caso los periodistas, ahora es la clave.
No solo deben ser quienes comuniquen, si no que deben defender la postura. Diseñar las consignas e interactuar si es necesario con los contrincantes que vendrían a ser los políticos de verdad.

Los medios han logrado construir desde sus fortalezas a sujetos de extraña conformación: inmunes por ser periodistas, caciques territoriales ya que designan al menos uno por geografía que se necesite, y también líderes cuyo poder de fuego de sus palabras movilizan y conducen la opinión de otros tantos.

El periodismo ahora busca no informar sino representar. A falta de pan buenas son las tortas. A falta de flautas buenos son los clarinetes.

Representar el interés del poder que solo entiende al gobierno como un imperio hegemónico, que no se comparte, que no discute, que no salva a nadie que no sean los que pertenecen a la supremacía mediática.

Representar el interés de crear condiciones de mal humor y rebelión.

Representar a los que no logran adaptarse a la democracia y en su desesperación apelan a la furia que derroca.

El periodista de los medios hegemónicos es ahora un dirigente político.

El ámbito de la representación no es la casa de gobierno ni el congreso: es el diario, el programa de TV o radio o el blog.

El fin es representar para ejercer el poder, en definitiva, gobernar.

Ahora la tapa del diario reemplaza al decreto o la ley.

El nuevo perfil del periodista es el de activista político en favor de las minorías opulentas.

A ninguno de ellos lo veremos participar de un partido político o agrupación después de hacer su trabajo de periodista. Eso hacia Rodolfo Walsh, Benedetti o Neruda, que no necesitaban ocultar su pertenencia política y construir su obra desde el mismo pensamiento y acción.

Al fracasar la construcción de una oposición política orgánica, la oligarquía la edifica desde los medios de prensa afines y en ese trance, sus actores visibles se hacen cargo del rol y operan en consecuencia. Tal es la tarea que no se intimidan a la hora de plantar debate con políticos o gobernantes.

Se los puede ver en su postura elegante, correcta, típica de aquellos jerarcas.
Les molesta el estado. Les molesta que los militantes que acceden al gobierno por el voto popular no acepten sus pliegos.

En esa molestia se enfurecen. Salen a la esquina de su barrio a batir cacerolas. Piden más “libertad” y en realidad piden que se derribe a quienes gestionan honrando la política, sus convicciones y el mandato que la mayoría argentina le ha dado.

El colofón de esta historia será sin duda la postulación de alguno de estos periodistas a algún cargo electivo donde serán, seguramente, duramente derrotados.

Allí la oligarquía mirará para otro lado. Abrirá el diario como cada mañana y dirá “Que barbaridad”. Y buscará entonces otro interlocutor que los represente mejor en la nueva época que, seguramente dura para ellos, se avecina. 

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